Saturday, March 27, 2004
Psicoterapia
Aún trato de superarlo. Acto fallido. Mi anterior propuesta interactiva quedó sepultada por tantos bloggers impasibles, que tuve que asistir a un psicoanalista para evitar quitarme las pilas. Aún recuerdo la cara de Lili yLu cuando me vieron retorciendo el brazo 180 grados para abrir la tapa... Si no fuese porque estaba atornillada...
Pero éste es otro cantar. Mi psicoanalista me ha ayudado muchísimo. La terapia para la superación del Fracaso (laboral, personal, blog-ial...) ha sido todo un éxito, aunque ahora se ha abierto la trampilla de ese mundo tenebroso y traumático de Electras, proyecciones, complejos de castración, personalidad oral-anal-fálica-fóbica-histérica-paranoica-introvertida...Una auténtica liberación del inconsciente, que me está costando... bastantes euros la hora. Ahora mi psicoanalista me ha recomendado un nuevo ejercicio, como último eslabón de la terapia para superar el fracaso.
Últimamente he escrito un par de relatos para la productora. Dado su carácter literario deben ser reconducidas posteriormente para el tratamiento cinematográfico. Sin embargo, la cuestión es la idea que surge de la lectura del texto. Son múltiples las interpretaciones extraíbles. Por ello me gustaría que la leyeseis y me contaseis que sentimientos os produce, pensamientos extraídos de la historia y vuestras interpretaciones personales. Todo es válido. De esta forma me pondré a prueba y observaré si soy capaz de superar un nuevo fracaso, que se prevé...¿estrepitoso?
Estuvimos discutiendo durante tiempo. Las interrogativas de mi padre sobre el paradero del flámeo instalaba un estado de acorralamiento que iba progresivamente aumentando. Fijé un punto con la mirada, y esa fue toda la sensación de seguridad a la que pude acogerme. Al levantar la vista observo a mi madre preparando el almuerzo. Parecía alegre, incluso feliz, no paraba de reir junto a mi padre.
A través de la puerta entreabierta se recortaba la silueta de mi hermana pequeña. Ella jugaba con el flámeo, todavía podía jugar con él, ¿y por qué no yo?. Sus carcajadas resonaban por doquier, y fue entonces cuando me derrumbé, desconsolado. Mientras, ella me miraba con reproche.
Fingía que no la miraba y ella escondía el verse observada.
-Aquí lo tienes, me dijo desalentada, mientras me besaba.
Yo amaba sus detalles, también la amaba a ella, y aún así me invadía el deseo de desvelarla.
Su madre le reprochó lo ocurrido a la vez que buscaba en mí una mirada cómplice de regaño. Inmóvil, no supe responder a ninguno de los dos, ni a ella ni a mi hijo. Tuve que desaparecer de allí lo más rápido posible. Se que jamás me lo perdonarán.
A lo largo de aquel espacio de tiempo mantuve una estrecha relación con el techo de aquella habitación.
Y yo, “que en otros tiempos había creído en tantas y tantas cosas para acabar desconfiando de todas ellas, me dejaba una única y definitiva fe: la de creer en una ficción que se sabe como ficción, saber que no existe nada más y que la exquisita verdad consiste en ser consciente de que se trata de una ficción y, sabiéndolo, creer en ella.”[1] Había recuperado el flámeo, y el silencio fue el último testigo de lo inevitable.
[1] Enrique Vila-Matas, Una casa para siempre, Barcelona, 1988, Ed. Anagrama, pág. 141.
Monday, March 08, 2004
Valores estéticos
La complejidad es la característica hegemónica de nuestra cultura. Hoy más que nunca, tanto los fenómenos sociales como los procesos más íntimos de nuestra subjetividad se ven imbuidos en la lógica de la contradicción. Las respuestas ante este tipo de enigmas han resultado, a menudo, excesivamente extremas y estetizadas, extravagantes y provocadoras. Otras, en cambio, procurando no perder de vista el "estado complejo de las cosas", terminan por asemejarse a un caldo vegetariano, inocuo y excesivamente comprensivo.
Pongamos un ejemplo de estas contradicciones contemporáneas. La solidaridad, la democracia, el interés por los demás, y toda una retahíla de valores que hoy día se manejan en todo tipo de eventos y contextos, parecen chirriar en cuanto se evidencia el profundo e incesante proceso de individualismo y soledad al que el ser humano se ve irrevocablemente dirigido. ¿Cómo es esto posible? Quizá una lección de historia permita acercarnos al problema.
Como todos sabemos, los valores éticos que se encuentran en el seno de nuestra cultura provienen de un proceso de secularización de la moral cristiana, que comenzó en la Ilustración, a finales del siglo XVII. Ese es el momento en el que el ser humano, y no Dios, se sitúa en el centro de la reflexión ética y moral, desglosándose todo un sistema de valores que hemos heredado directamente. Sin embargo, lo realmente curioso es que esa moral laica de la Ilustración heredó también el carácter sacrificial de la religión, de forma que un individuo era capaz de ponerse en la situación de otro individuo o dar su vida a favor de una idea. Este ha sido el carácter que ensalzó las grandes revoluciones y los movimientos sociales. ¿Qué ha cambiado desde entonces?
Los sistemas de comunicación, basados principalmente en la imagen, constituyen el modo de relación más corriente en nuestros días. Nuestra idea sobre el mundo y lo que en él ocurre no es sino una representación de los medios productores de realidad, enmarcados en un sistema económico y cultural basado en la competencia y el éxito laboral. Las utopías sociales han dejado paso a los ideales individuales, pero seguimos siendo los más solidarios de la historia de la humanidad. Por lo menos, así lo atestiguan estudios sociológicos realizados recientemente, los cuales indican el éxito de los telemaratones y demás instrumentos mediáticos de captación de capital. Pondremos algo de pasta para erradicar el hambre en suráfrica pero no moveremos un dedo por nuestra realidad más cercana e inmediata. A través de estos estudios observamos lo realmente solidarios que somos, pero mayoritariamente cuando estamos frente a la televisión. El flujo de imágenes únicamente nos permite fijar nuestra atención durante unos breves minutos, o incluso segundos. Una vez que estos estímulos visuales han finalizado, redirigimos la atención a resolver nuestro propio universo personal. Los valores alcanzan el estatus de herramienta-imagen, para nuestra conciencia, para la política, para la economía, ...
La literatura contemporánea procura dar constancia de este nuevo sujeto, cuyo entorno tecnológico y cultural no hace sino aislarle cada vez más. Obras como las de Paul Auster o Michel Houellebecq manifiestan la dificultad de las relaciones humanas y la soledad del individuo contemporáneo. Vemos, oímos, nos comunicamos y consumimos desde casa. ¿Qué será lo siguiente? ¿Follar desde casa?
